Sortiria a veure les estrelles, com abans, però el fred ja em clivella la pell i em gela els ossos.
Buscaré en el temps que nego o no recordo, de quan la nit era un llibre i el llibre era una festa que durava fins que clarejava el dia, una complicitat impossible:
El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá».
Ja massa curta la nit i massa fred el sol, buscaré més a prop altres complicitats:
se esfuman los días, raudos,
algunos ratos lentos.
y ahora parece una eternidad.
otra vez, caprichoso,
el tiempo.
Trobaré a l’atzar, que és com es troben sempre les coses que ens importen, la complicitat d’uns vells versos de Borges que deixaré aquí abans de continuar llegint:
Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.
I quan arribi l’aurora, freda però de dits rosats, em trobarà al llit i respectarà el meu son de somnis oblidats. Potser només una carícia imperceptible, un instant, un somriure.
Buscaré en el temps que nego o no recordo, de quan la nit era un llibre i el llibre era una festa que durava fins que clarejava el dia, una complicitat impossible:
El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá».
Ja massa curta la nit i massa fred el sol, buscaré més a prop altres complicitats:
se esfuman los días, raudos,
algunos ratos lentos.
y ahora parece una eternidad.
otra vez, caprichoso,
el tiempo.
Trobaré a l’atzar, que és com es troben sempre les coses que ens importen, la complicitat d’uns vells versos de Borges que deixaré aquí abans de continuar llegint:
Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.
I quan arribi l’aurora, freda però de dits rosats, em trobarà al llit i respectarà el meu son de somnis oblidats. Potser només una carícia imperceptible, un instant, un somriure.