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6.11.12

invocació fora d'hora a Joan Maragall

Em sap greu no poder enllaçar l'article d'Oriol Pi de Cabanyes llegit avui al diari. El titula 'Liberals' i comença dubtant que hi hagi autèntics liberals a Espanya i que n'hi hagi hagut. És molt possible, jo en sé ben poca cosa de l'assumpte. Bona part de l'article gira a l'entorn d'una carta que Joan Maragall va escriure a Ortega (un dels no liberals).

Deixant de banda, l'article, em centro en el text de Maragall. La carta que va escriure Maragall a Ortega la va motivar un article del filòsof publicat a “El imparcial” que Maragall va llegir en un número endarrerit de “La Catalana”. La primera reacció del poeta no va ser escriure Ortega per comentar el seu article, sinó de fer un article ell mateix per publicar a la premsa catalana; però al final, ja acabat l'article, va decidir no donar-lo a conèixer perquè: Empecé con intención de artículo, pero luego me tomó un tono lírico y finalmente vi que no había hecho cosa de provecho para el público. Les paraules que acabo de copiar pertanyen a la carta introductòria escrita a Ortega el 29 de juny de 1910 en què Maragall li adjunta l'article de quatre pàgines que no va veure la llum pública fins anys després.

D'aquestes pàgines, avui Pi de Cabanyes en transcriu alguns paràgraf en què es parla del catalanisme i de la seua pervivència malgrat tots els contratemps: El catalanismo no puede desaparecer, no os hagáis ilusiones... Un dels pilars -les darreres setmanes força diluït- del catalanisme, Maragall hi insisteix,  és la llengua. Jo n'estic d'acord, i també que la llengua ha estat un dels aspectes més incompresos del país, i que sense la llengua no som; però la carta (l'article) és més complexa.

Repeteixo que sento no poder enllaçar (no el vull copiar) el text de Pi de Cabanyes i agrairia si algú ho fa, però la qüestió no és aquesta, sinó el fet que les citacions, quan són parcials, no sempre són imparcials o, més ben dit, sempre són parcials. En l'article, Maragall fa unes quantes afirmacions que des del catalanisme no reclamen precisament la independència:

La cuestión catalana és la cuestión ibérica y mientras no se trate paralelamente la relación entre la España castellana y Cataluña, con relación entre la España castellana y Portugal, no creo que se pueda no creo que se pueda decir cosa de algún fundamento. Porqué no se ha hecho ya así? Por la ilusión de que lo de Portugal está ya definitivamente resuelto. Y no lo está. La separación ha sido tan poco una relación por aquel lado, como la absorción por e´ste. La integridad espiritual ibérica, padece igualmente de una y otra, y mientras la unidad peninsular no se constituya conforme a la naturaleza de la península, no habrá sino una miseria nacional para Lusitania, convulsiones o postraciones para Cataluña, y vanos esfuerzos por parte del Estado español para ser algo en el mundo.

Esta es la verdadera cuestión previa; no la cultura, no la economía, no la política, no nada más que la integración de toda España en sí misma del modo adecuado a su naturaleza, del modo más adecuado a una civilización ibérica: de ésta ha de brotar, y solo de ella pueden brotar, cultura, riqueza, libertad, una figura nacional en el mundo, el ser una cosa de Europa. Mientras esto no sea, nada más nos aprovechará, no sabremos porqué, y será por eso: porqué vivimos contra naturaleza.

[...]

No me entendéis. Dios mío, que no daría yo para que me entendierais, por que nos entendiéramos en castellano, en catalán, en lusitano?

No me habléis más de si la solidaridad catalana vive o está muerta; no me habléis más de civilización, ni de cultura, ni de ideales comunes superiores, ni me habléis, en una palabra de España, si antes no habéis encontrado la manera de dármela tota, íntegra, natural, alma y cuerpo, trina y una, como su lengua, como su espíritu que quiere volar libre del Mediterráneo al Atlántico, sin obstáculos, sin fronteras, pero también -entendedlo- batiendo todas, todas, todas sus alas.


Ah, si haguessin fet cas de Maragall en aquell moment! Em temo que ara ja es massa tard, malgrat els tebis pronunciaments d'algun manifest o les amenaces constitucionals d'algun altre firmat per hereus de la socialdemocracia i el liberalisme... O no? Ja veurem com se'n sortirà el proper govern de la Generalitat, però 102 anys després, la qüestió catalana continua igual a Madrid; bé, potser una mica pitjor.


L'article sencer de Maragall es pot llegir aquí.



15.9.10

voluntat de servei

Déu, quin petit enrenou amb Lorenzo Bernaldo de Quirós, que suposo que és conegut a Catalunya a partir d‘un article de Juliana a “La Vanguardia”. En Francesc el va citar al seu bloc i els comentaris van convertir-se en l’efervescència d’un sidral. Avui l’esmenta la Lola. Total, l’home parla de federalisme, el que passa que és del PP i parla des de Madrid i això sí que és notícia, acostumats com estem no només a la incomprensió sinó a l’atac, rarament a la indiferència. Aquí les converses sobre el federalisme pugen i baixen, com les d’un concert econòmic reparador i les de l’independentisme que darrerament pugen més però que no passen de ser matèria literària, de moment. I em temo que la cosa continuarà així per molt temps, quan dic molt temps vull dir exactament això, encara que la concreció sigui vaga, com no pot ser d’altra manera. En resum, com acaba la Lola : "Tot plegat perquè una amiga que no segueix ni de lluny la política, m'etzibi: Guanyarà en Mas i pactarà amb el PP, i aquí paz y luego gloria. Què? Quina pel·lícula anem a veure avui? Sense cap rubor."

En fi, una vegada més, sabedor que els enllaços els obre poca gent, deixo aquí el text original de L. B. de Q. que va originar l’article de Juliana que a la vegada ha originat altres escrits, com en aquells memes que ja no s’estilen i que qui sap si fins i tot els detractors trobem a faltar.

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña ha creado una enorme polémica que puede desembocar en una crisis institucional. De un lado se exige la aceptación por parte del Principado de la resolución del máximo órgano jurisdiccional del Estado; de otro se considera que esa decisión atenta contra la voluntad mayoritaria del pueblo catalán expresada en referéndum.
Guste o no, esta situación plantea un problema de primera magnitud en tanto que las fuentes de legitimación de las pretensiones catalanas y las del TC son diferentes. En este contexto, el enfrentamiento entre las demandas políticas de Cataluña y el marco institucional vigente tienen una difícil solución y ponen en cuestión el modelo de organización territorial del Estado alumbrado por la Constitución de 1978. Éste es el fondo de la cuestión y resolverlo es de una extrema complejidad.
De entrada da igual, permítaseme la licencia, que un texto constitucional declare que sólo hay una nación, la española; también da igual el recurso a razones históricas para justificar las pretensiones integradoras o particularistas del todo o de una parte. Del mismo modo es irrelevante declarar que el único poder constituyente es el conjunto del pueblo español.
Posible solución
Cuando la mayoría de la población existente en un territorio determinado aspira a constituirse en Estado o en algo muy parecido y se siente justa o injustamente tratada por el resto, ése es un hecho de extrema gravedad. Ante este panorama, la respuesta clásica de los gobiernos centrales era suspender la autonomía de las administraciones sedicentes u obligarles por la fuerza a permanecer dentro de la estructura unitaria o descentralizada del Estado. La otra alternativa ha sido permitir la disgregación pacífica de la vieja estructura territorial, léase el caso de la antigua Checoslovaquia.
A estas alturas parece improbable que un Estado democrático en un entorno como el europeo sea capaz o esté dispuesto a recurrir a una suspensión del autogobierno de una región o de una comunidad autónoma o a una intervención militar para evitar la secesión de una parte de su territorio. Es más, la amenaza de usar esas dos armas tiene un escaso poder disuasorio.
Tampoco es posible que, en un escenario de economías abiertas, un Gobierno central empeñado en preservar su unidad sea capaz de asfixiar económicamente a la parte que quiere o aspira a disgregarse.
El coste y las competencias
El Estado moderno, tal como se alumbró hace cinco siglos, está en crisis y resulta muy complicado mantenerlo con sus viejas prerrogativas en contra de la voluntad de quienes lo integran. Desde esta perspectiva, su capacidad de recabar la lealtad de sus súbditos depende sólo de la persuasión, de ofrecerles fórmulas de integración atractivas.
En un mundo económicamente integrado, el tamaño del mercado de un país es más grande, mucho más grande, de lo que lo es su dimensión política. En el caso extremo, en el que las fronteras son totalmente irrelevantes para las interacciones económicas, el tamaño del mercado de cada país es el mundo. La evidencia empírica demuestra que cuanto mayor es la apertura internacional de un territorio, su viabilidad tiende a volverse independiente de su dimensión.
No es una casualidad que la existencia de la NAFTA hiciese el separatismo de Quebec más fácil y menos costoso. En una Europa con libre circulación de bienes, servicios y capitales, cualquier estructura territorial puede sobrevivir salvo que cometa el error o el suicidio de volverse autárquica. El coste de la independencia disminuye con la globalización de la economía.
Con independencia de la cuestión catalana, lo cierto es que los estados europeos contemporáneos, en su forma tradicional se ven amenazados por dos movimientos. Por un lado por el traspaso de competencias hacia una entidad supranacional, la Unión Europea; por otro, por una transferencia de poder hacia las administraciones periféricas, regiones y municipios. Esta tendencia será imparable salvo que se produzca una vuelta generalizada al proteccionismo en Europa, lo que es poco probable.
Ante este panorama es necesario plantear formas imaginativas, flexibles y no coercitivas de integración política, lo que exige convencer a los teóricos o reales secesionistas, independentistas o llámeseles como se quiera de las ventajas de la unión. En otras palabras es preciso recrear o reinventar el esquema de Las Españas.
Por último, es impensable buscar un acuerdo institucional estable sin modificar de manera radical ese mecanismo de transferencias interregionales. Al margen de unos mínimos, no todas las regiones del país tienen que tener los mismos servicios públicos o idénticas prestaciones sociales como tampoco una similar presión fiscal. Este uniformismo es incompatible con la propia esencia de un sistema descentralizado, es ineficiente y además crea agravios, sobre todo en épocas de crisis. Las zonas ricas del territorio nacional no tienen por qué subvencionar a las pobres, lo que además no ha servido para avanzar en la convergencia real entre las regiones españolas sino para crear mecanismos de clientelismo político pagado con el dinero de otros.
En suma, la cuestión catalana no es una anormalidad española sino el resultado de una estructura de organización territorial del Estado que no se adapta a la realidad de los tiempos. Así sucede en otras entidades políticas. En el caso de España resulta evidente que el Título VIII de la Constitución ya no da más de sí. Si el problema de Cataluña no se afronta con inteligencia y racionalidad, el andamiaje de eso que llamamos España puede saltar en pedazos.
Lorenzo B. de Quirós, miembro del consejo editorial de el Economista.