9.11.11

com es pot ser ateu si ja no hi ha déus?

Ai, els mortals ens culpen, als déus, de tantíssimes coses!
Diuen que som el motiu dels seus mals, mentre són ells mateixos,
per insensats i per boigs, els qui es busquen dolor sense mida.

Odissea

Ja vaig fer ahir la meua petita contribució setmanal a la literatura política. Cap esperança i només una veu més que no clama en el desert perquè no hi ha cap desert de veus, al contrari, sobren veus i falten fets, sobren informacions i desinformacions i falten fets.

Continuarem amb la veu de la literatura, que és un camp còmode i flexible que no enganya ningú: només són possibles les veus. No recordo quan, però devia ser molt jove, vaig llegir Gog, de Papini. Sé que em va impressionar, que em molts moments em va inquietar, em va neguitejar. Sensacions velles que han canviat a partir d'un repàs superficial fa uns quants mesos. Ara moltes de les històries de Gog em semblen elementals perquè m'he fet gran i, sobretot, perquè una bona part de les històries que en la meva innocència creia ficcions terribles sé que són àmpliament superades per la realitat, força més rica i detallada que les ficcions de Papini. Ai, el temps!



LA COMPRA DE LA REPÚBLICA


Nueva York, 22 marzo


Este mes he comprado una República. Capricho costoso y que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía desde hacía mucho tiempo y he querido librarme de él. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto.


La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un general que armaba bandas de regulares y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.


Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del ejército, y me he asegurado, en cambio, nuevos privilegios.


El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de las cosas. No saben que todo cuanto se imaginan poseer -vida, bienes, derechos civiles- depende en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.


Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrados. Podría, si me pluguiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, obligar al país que tengo bajo mi mano a declarar la guerra a una de las Repúblicas colindantes. Esta potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables.


Sufrir todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fatiga bestial; pero ser el titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones.


Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros.


Siendo necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.


Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

2 comentaris:

Francesc Puigcarbó ha dit...

Gran Papini, a Gog i als contes, i em passa com a tu, pensava que era més ficció que realitat quan ens narrava i es va confirmant que no era pas així.

Deia Marsillach: Jo sóc agnòstic Gràcies a Deu

pere ha dit...

De fet, Francesc, la majoria dels textos de Papini actualment són d'una innocència que fa somriure.